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| Sobre el cierre del IUPE |
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Montevideo, 3 de marzo de 2010. Señor Director del Semanario Realidad.
Agradezco la publicación de las siguientes líneas: Había una vez en la República Oriental del Uruguay un proyecto de descentralización universitaria que logró durante doce años llevar la enseñanza de carreras de grado al interior del país. Por primera vez en la historia, durante ocho años se entregaron títulos universitarios en Maldonado, Treinta y Tres y Rivera. Fue también la primera institución privada en otorgar títulos de escribano público en el Uruguay. Había una vez en el Uruguay decenas de profesionales universitarios con vocación docente, estudiando para lograr su título de Profesor Adscripto en asignaturas de su preferencia en forma totalmente gratuita. Cursos de pedagogía, didáctica, investigación, etc., se desarrollaban periódicamente en distintos lugares del interior, congregando profesionales de todos los rincones de la República. Había una vez una Institución de enseñanza universitaria privada, que con un promedio de cuota de $3800 y con un régimen de becas que repartía mediante concurso y mérito U$S 120.000 al año, le dio la oportunidad a miles de familias de mantener sus hijos en sus hogares, en su lugar de origen, capacitándolos para ser profesionales ética y técnicamente calificados. Esa misma Institución se brindaba a la sociedad de los distintos departamentos a través de su atención en consultorios jurídicos gratuitos (400 expedientes en Maldonado, 170 en Treinta y Tres), consultoría gratuita a pymes, talleres de nutrición, consultorio notarial, etc. Todo esto había una vez y se llamaba Universitario de Punta del Este. Al 28 de diciembre del 2009, esta Institución tenía un treinta y cinco por ciento más de inscripciones que en la misma fecha del año anterior. Esa era la mejor prueba de su aceptación en cada lugar en que estaba afincado. Todo esto había una vez y desapareció de un plumazo por un “acto de príncipe” de la Administración. Pero antes de la resolución que retiró su autorización para funcionar, ya la propia Administración, a través de una campaña feroz ante la opinión pública se encargó de literalmente fundirla. Pues el UPE era una institución universitaria auténticamente privada. No dependía de centros de poder, ni religiosos ni financieros, ni políticos ni corporativos. Era totalmente laica en la más sana expresión de este concepto. Era una iniciativa personal, un sueño que quizás un loco se había atrevido a llevar a cabo. Vivía exclusivamente de sus ingresos legítimos: la cuota de sus alumnos. Su patrimonio material era su mobiliario, sus bibliotecas, sus computadoras, un vehículo para recorrer los distintos locales que eran alquilados y no mucho más. Su verdadero patrimonio era la gente que lo integraba, los docentes que viajaban 12 a 14 horas en ómnibus por una remuneración exigua que solamente dejaba patentizada su vocación de servicio. Sus funcionarios administrativos, que siguieron trabajando hasta último momento, pese a no poder cobrar sus salarios, para lograr entregar las escolaridades a sus alumnos y obviamente éstos, los alumnos, que confiaron siempre en la Institución, pero fundamentalmente en un Uruguay que decía querer descentralizarse y priorizar la educación. La Administración a partir del 28 de diciembre con declaraciones en un Consejo de Ministros, logró una verdadera “corrida bancaria”, que dejó al UPE sin sus fuente de recursos, llevándolo a la insolvencia total. Alquileres impagos, contratos incumplidos, salarios adeudados, etc., etc. Podremos recurrir la resolución administrativa, podremos lograr quizás su nulidad, pero el daño ya está consumado. El Instituto Universitario de Punta del Este no existe más. El esfuerzo privado y conjugado con la cooperación municipal, desapareció como arrollado por un tsunami. Como fundador del Instituto Universitario de Punta del Este y Director del mismo quiero expresar públicamente mis disculpas a aquellos que confiaron en el proyecto por los errores que pudiere haber cometido y que contribuyeron a llegar a esta triste situación. Quiero, en mi descargo, dejar constancia que todos mis actos fueron realizados en defensa del derecho a la libertad de enseñanza, posiblemente enfrentando de esta manera, molinos de viento. Ahí estuvo el máximo error. Mis últimas palabras se dirigen a los egresados. Ustedes, sus familias y sus docentes, saben que lo que obtuvieron no fue por dádiva ni compra. Fue logrado con el máximo esfuerzo frente a una alta exigencia. No se dejen menoscabar por nadie. Son el producto de mucho trabajo y fundamentalmente de mucho amor por la enseñanza y la formación profesional. Sean como estatuas de mármol, que podrán ser manchadas por el barro, pero que a la primera lluvia recuperan su blancura.
A todos, hasta siempre.
Dr. Adolfo C. Gutiérrez Sosa
Fundador del Instituto Universitario de Punta del Este. |
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