18.may 2012

Los pequeños colores de mi camiseta

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Aquellas personas que emplean su tiempo para acompañar a jugadores o a un club en la competición, ya sea en la cancha, por televisión o por radio, se denominan espectadores.

La movilización de las masas sedientas de fanatismo y consumo, transformó al fútbol en un enorme instrumento de poder que mueve billones de dólares en su negocio.

Algunas personas se adhieren a un club para gozar de cierto prestigio social y otros factores inherentes, teniendo en realidad muy poco conocimiento siquiera de las actividades deportivas que realiza el club. Otro grupo son habituales espectadores de la competición, saben las reglas y discuten fervientemente las circunstancias de los partidos. Otros hinchas sometidos bajo una enorme emoción, pierden completamente el equilibrio mientras observan el partido de su club, y demuestran reacciones emocionales que parecen desmedidas para la connotación que supone un juego deportivo.

Como verán, existen muchas formas de vínculo entre un hincha y su deporte. Quisiéramos focalizar el fanatismo como una construcción psicológica irracional, que contiene un alto grado de emotividad y pasión, pero que también por ser un estado de desequilibrio emocional, adquiere componentes destructivos e induce la ceguera de las circunstancias reales.

El ser humano ha necesitado desde siempre una o varias formas de identificación social que le permitan sentirse integrado a la sociedad en la cual vive.

Para muchas personas el deporte representa la única diversión de sus vidas. La condición de hincha habilita un estado que integra a la persona a un grupo identificado, que posee club, colores, bandera, prestigio social, emociones, en fin…cultura, vida!

Incluso no podemos hoy en día decir que los hombres son quienes estructuran las masas del deporte; el público femenino se hace notar tanto como el masculino, comprenden las reglas del juego y son seguidoras de las campañas.

Esta óptica me ofrece un pequeño intento de reflexión. Desde el punto de vista psicológico las masas sociales siempre se han comportado de manera similar. Buscan formas de compartir sentimientos con sus pares bajo banderas, ideologías, utopías, dogmas, tabúes, colores; rasgos de distinción que procuran a la vez sentirse parte de algo y también diferenciarse del resto de las personas.

Anteriormente, en nuestras latitudes la Religión como institución y proceso dogmático de la conducta cumplía casi a la perfección su deber de identificación social.

Con el tiempo venidero, la diversidad de clases sociales, la era sin revoluciones armadas, la revolución femenina, el poder económico del capital, la diversidad sexual, la caída de los dogmas y el resquebrajamiento de una Religión en varias, ha provocado un vacío existencial de las pocas formas de identificación que la sociedad poseía para sentirse viva.

El Estado, la Religión y hasta el Ejército, que han sido instituciones de control, identificación y sometimiento ya no ejercen con tanta efectividad su poder coercitivo.

Hoy, las tribus urbanas, hoy los menores infractores, el vandalismo, las picadas, los barras bravas, la familia al estadio, las empresas, las redes sociales, el Carnaval, el deporte, el fútbol.

Le quedan a la sociedad, a nuestra sociedad, pocas formas de identificación, participación y pertenencia. Las masas se subdividen en un nivel más horizontal porque los grandes órganos de control han perdido gran parte de su credibilidad.

El fútbol no es más que un juego reglado, vean sino a los niños jugando en el campito.

Sin embargo en el último Mundial las camisetas celestes se pasearon por las calles de todo el país. La gente se sentía cada vez más emocionada con la labor del plantel de Tabárez. La actuación devolvió a la extensa capa de chatura de nuestra sociedad una dosis enorme de vértigo, idealización y nacionalismo. Todos vivimos con gran excitación y sufrimiento los penales frente a Ghana.

Lo que quiero dar a entender es que por encima del deporte, la sociedad necesita siempre formas de identificación de masas, de empatía emocional, de causas comunes, de banderas comunes, de colores comunes.

A partir de esta necesidad insatisfecha, desde mediados de los 90 el fútbol ha incrementado notablemente su fórmula integradora. Cada vez más los deportistas son héroes nacionales como lo eran los grandes políticos, embajadores de la paz y obreros caritativos.

Por otro lado, el fanatismo y el mercado han hecho del fútbol un negocio brutal y salvaje que quienes sepan manejarlo gozarán de los grandes beneficios socio-económicos que el deporte provee.

Esta reflexión, jugada y seguramente en muchas partes equívoca y atrevida, no puede ser más que una opinión. No obstante, espero sirva también para plantear la discusión sobre los colores y la causa de su fanatismo.

Lic. Psic. Nicolás Castelnoble - Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla

   
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